lunes, 30 de junio de 2008

Ingwë y Eámanë


Hoy quiero rendirle tributo al sentimiento más importante que puede llegar a sentir el ser humano, el amor, a través de una historia protagonizada por: Ingwë y Eámanë.

Ingwë, joven elfo oscuro, procedente de los bosques del este, huyó en busca de soledad cuando aún era muy joven, a las gélidas montañas del norte. Estaba arto de todo lo que le rodeaba. Allí y contra todo pronóstico, consiguió sobrevivir durante 3 años a base de esfuerzo y coraje, luchando contra todo lo que se ponía en su camino: bestias, heladas, tormentas... todo se puso en su contra, daba la sensación de que incluso Gaia quería deshacerse de ese joven animal, castigándolo constantemente a su antojo con barreras que parecían imposibles de superar. Pero él nunca se dejó vencer por nada y siguió luchando tanto física como mentalmente por permanecer en el mundo. Eran noches difíciles en las que con pieles conseguía combatir el frío y la locura nunca llegó a apoderarse de él.
Todo animal es vulnerable, y una gélida noche de invierno en la que un poderoso mamífero, tras una ardua lucha, había conseguido apoderarse de su refugio, Ingwë comenzó a sentir que su sangre se enfriaba, estaba completamente empapado y tras tres años en aquella montaña, no le quedaban fuerzas para seguir viviendo, se dejó caer sobre una espesa capa de nieve que poco a poco le fue envolviendo. Era el fin, nada por lo que había luchado merecía la pena, únicamente quería que su alma saliera de su cuerpo y volara libre.
De repente sintió como unas cálidas manos lo agarraban de los brazos y lo sacaban de aquel lecho de muerte. Ingwë estaba casi congelado, no consiguió ver a su salvador porque era incapaz de ver, oír u oler, únicamente sentía. En ese momento, se desmayó.

A la mañana siguiente despertó en un lugar que le resultaba familiar, un sitio en el que ya había estado antes pero no conseguía reconocer. Ingwë desconcertado comenzó a gritar. Instantáneamente y como si hubiera estado esperando esa señal, Eámanë apareció por la puerta. Su cara le era conocida y comenzó a hacer memoria. tras varios minutos recordó que esa bella elfa había sido amiga suya y que esa, era su morada. Eámanë le explicó mientras él desayunaba, como le había salvado la noche anterior. Atónito, Ingwë escuchaba atentamente las palabras que salían de los labios de la joven. Tras tres años sin pisar el bosque, Ingwë se dio cuenta de que ese era su lugar y que comenzó a notar en su estómago algo que florecía gracias a esa chica que le había salvado de una muerte segura. No se explicaba como alguien como ella podía haberse tomado tantas molestias, durante un año entero, a lomos de un caballo, para salvarle.
Pasó el tiempo y los dos jóvenes comenzaron a enamorarse, se necesitaban eran lo único necesario para el otro. La vida fue pasando y no había día en el que Ingwë no diera gracias a Dios por haber puesto en su camino a aquel "ángel" llamado Eámanë.
Pasaron el resto de su vida juntos, disfrutaron de todo lo que les rodeaba y sobre todo disfrutaron de su amor. Había algo que inquietaba a Ingwë y es que aquella mujer no envejecía, era perfecta, preciosa...
Pasaban los años y el envejecía pero ella no cambiaba.
Pero aquel momento fatídico llegó. El bosque se vio atacado por un virus letal, que asoló árboles, ríos, animales...
Todos los habitantes de aquel bosque huyeron pero la pareja, se negó; toda su vida habían disfrutado de todo lo que les ofrecía el bosque y no cabía en sus cabezas la idea de emigrar.
Desgraciadamente Ingwë cayó enfermo. Eámanë se pasaba los días cuidándole y demostrándole todo su amor sin miedo al contagio, pero la hora había llegado. Ingwë postrado en aquel lecho de hojas sabía que su muerte se encontraba próxima y sólo necesitaba saber como podía Eamanë no envejecer con el paso de los años.
Algo asombroso ocurrió entonces, antes de que Ingwë articulara palabra para realizar la pregunta, Eámanë se deslizó suavemente sobre su oreja y le digo con aquella voz dulce que producían sus cuerdas vocales:
"Se cual es tu duda, y quiero resolvértela. Mi verdadero nombre no es Eámanë, no pertenezco a este mundo. Soy Afrodita diosa de la belleza y el amor y quiero que sepas que nunca te olvidaré, has hecho sentir en mi algo mágico, algo que sólo un dios sería capaz de igualar. He sido feliz durante todos estos años que he permanecido a tu lado, y volveré a mi mundo cuando tu alma regrese al mío" Con estas palabras Ingwë dejó aparecer una sonrisa en su pálida cara y falleció.


sábado, 21 de junio de 2008

La luz








Hay veces en la vida del ser humano, en las que, debido a su capacidad de pensamiento, superior a cualquier otro animal, se sumerge en pozos de dolor, de angustia, de enfado, de desesperación... lugar del cual se ve incapaz de salir.




En estas situaciones, en las que realmente piensas que no sirves para nada y que no pintas nada aquí, es el momento en el que, sin previo aviso, aparece una luz, algo que quiere sacarte de ese pozo en el que te encuentras sumido y estancado.




Esa luz no para de tirar de ti con todas sus fuerzas, pero no es fácil, debe enfrentarse a temores, dolor, recuerdos, angustia... cosas que hacen que vaya perdiendo su brillo y su fuerza, que comience a ceder frente a la oscuridad.




Cuando esa luz no se apaga sino que renace como un fénix de sus cenizas, es cuando debes aferrarte a ella y dejar atrás toda esa oscuridad, todo ese dolor, ya que su brillo te aportará todo lo necesario para ser feliz. Habrá momentos de recaidas, habrá momentos duros aunque también felices, pero esa luz no dejará de brillar y te acompañará en tu largo camino. Esa luz a la que te aferraste aquel día, te hará feliz.